El recordado Papa Juan Pablo II la denominó como el "Misterio". Comúnmente lo llamamos como Dios. Y ese Ser perfecto prometió encarnarse, hacerse un "genoma humano," al fecundar con el componente masculino de la cadena de DNA, representados por el color amarillo, los correspondientes del óvulo de la mujer escogida, su esposa humana, sus genes femeninos terrenales representados con el color azul, para así y en su vientre o útero, el Infinito o Esencia se hizo finito o materia al hacerse un zigoto, embrión, feto, bebé, niño, adolescente y adulto, para hablar y compartir con y como los hombres, tal como el Misterio mismo lo reveló: ¡Asombroso! ¡Extraordinario!: Un milagro que caminó, habló, comió, que hizo maravillas y que ofreció una señal indiscutible para avalar su doble y única, por irrepetible, condición biológica de Hombre y Dios.