Pensamiento del día

Oremos con la Iglesia febrero

 

Oración de la Mañana - Laudes

 

Invocación inicial

 

V Señor, abre mis labios.

R Y mi boca proclamará tu alabanza.

 

Himno

 

Cuando vuelvo hacia ti mi pecado

Iba pensando en confesar sincero

El dolor desgarrado y verdadero

Del delito de haber abandonad;

 

Cuando pobre vuelvo a ti humillado,

Me ofrecí como inmundo pordiosero

Cuando, temiendo tu mirar severo,

baje los ojos; me sentí abrazado

 

sentí mis labios por tu amor sellados

y ahogarse entre tus lagrimas divinas

la triste confesión de mis pecados.

 

Llenosé el alma en luces matutinas,

Y viendo ya mis males perdonados,

Quise para mi  frente tus espinas. Amén.

 

Antífona 1 - Despertad, cítara y arpa; despertaré a la aurora.

 

Salmo 56

 

Misericordia, Dios mío, misericordia,

que mi alma se refugia en ti;

me refugio a la sombra de tus alas

mientras pasa la calamidad.

 

Invoco al Dios Altísimo,

al Dios que hace tanto por mí:

desde el cielo me enviará la salvación,

confundirá a los que ansían matarme,

enviará su gracia y su lealtad.

 

Estoy echado entre leones

devoradores de hombres:

sus dientes son lanzas y flechas,

su lengua es una espada afilada.

 

Elévate sobre el cielo, Dios mío,

y llene la tierra tu gloria.

 

Han tendido una red a mis pasos

para que sucumbiera;

me han cavado delante una fosa,

pero han caído en ella.

 

Mi corazón está firme, Dios mío,

mi corazón está firme.

Voy a cantar y a tocar:

despierta, gloria mía;

despertad, cítara y arpa;

despertaré a la aurora.

 

Te daré gracias ante los pueblos,

Señor; tocaré para ti ante las naciones:

por tu bondad, que es más grande que los cielos;

por tu fidelidad, que alcanza a las nubes.

 

Elévate sobre el cielo, Dios mío,

y llene la tierra tu gloria.

 

Antífona 1 - Despertad, cítara y arpa; despertaré a la aurora.

 

Antífona 2 - «Mi pueblo se saciará de mis bienes», dice el Señor.

 

Cántico  Jer 31, 10-14

 

Escuchad, pueblos, la palabra del Señor,

anunciadla en las islas remotas:

«El que dispersó a Israel lo reunirá,

lo guardará como un pastor a su rebaño;

porque el Señor redimió a Jacob,

lo rescató de una mano más fuerte».

 

Vendrán con aclamaciones a la altura de Sión,

afluirán hacia los bienes del Señor:

hacia el trigo y el vino y el aceite,

y los rebaños de ovejas y de vacas;

su alma será como un huerto regado

y no volverán a desfallecer.

 

Entonces se alegrará la doncella en la danza,

gozarán los jóvenes y los viejos;

convertiré su tristeza en gozo,

los alegraré y aliviaré sus penas;

alimentaré a los sacerdotes con manjares

sustanciosos,

y mi pueblo se saciará de mis bienes.

 

Antífona 2 - «Mi pueblo se saciará de mis bienes», dice el Señor.

 

Antífona 3 - Grande es el Señor y muy digno de alabanza en la ciudad de nuestro Dios. +

 

Salmo 47

 

Grande es el Señor y muy digno de alabanza

en la ciudad de nuestro Dios,

+ su monte santo, altura hermosa,

alegría de toda la tierra:

 

el monte Sión, vértice del cielo,

ciudad del gran rey;

entre sus palacios,

Dios descuella como un alcázar.

 

Mirad: los reyes se aliaron

para atacarla juntos;

pero, al verla, quedaron aterrados

y huyeron despavoridos;

 

allí los agarró un temblor

y dolores como de parto;

como un viento del desierto,

que destroza las naves de Tarsis.

 

Lo que habíamos oído lo hemos visto

en la ciudad del Señor de los ejércitos,

en la ciudad de nuestro Dios:

que Dios la ha fundado para siempre.

 

¡Oh Dios!, meditamos tu misericordia

en medio de tu templo:

como tu renombre, ¡oh Dios!, tu alabanza

llega al confín de la tierra;

 

tu diestra está llena de justicia,

el monte Sión se alegra,

las ciudades de Judá se gozan

con tus sentencias.

 

Dad la vuelta en torno a Sión,

contando sus torreones;

fijaos en sus baluartes,

observad sus palacios,

 

para poder decirle a la próxima generación:

«Éste es el Señor, nuestro Dios».

Él nos guiará por siempre jamás.

 

Antífona 3 - Grande es el Señor y muy digno de alabanza en la ciudad de nuestro Dios. +

 

Lectura breve   1Re 8, 51a. 52-53ª

 

Nosotros, Señor, somos tu pueblo y tu heredad; que tus ojos estén abiertos a las súplicas de tu siervo y a la súplica de tu pueblo Israel, para escuchar todos sus clamores hacia ti. Porque tú nos separaste para ti como herencia tuya de entre todos los pueblos de la tierra.

 

Responsorio breve

V Él me librará de la red del cazador.

R Él me librará de la red del cazador.

V Me cubrirá con su plumaje.

R Él me librará de la red del cazador.

V Gloria al Padre, al Hijo, y al Espíritu Santo.

R Él me librará de la red del cazador.

 

Cántico de Zacarías

 

Antífona: Si vosotros, siendo malos como sois, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡con cuánta mayor razón las dará vuestro Padre celestial al que se las pida!

 

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

porque ha visitado y redimido a su pueblo,

suscitándonos una fuerza de salvación

en la casa de David, su siervo,

según lo había predicho desde antiguo

por boca de sus santos profetas.

 

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos

y de la mano de todos los que nos odian;

ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,

recordando su santa alianza

y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

                                                                

Para concedernos que, libres de temor,

arrancados de la mano de los enemigos,

le sirvamos con santidad y justicia,

en su presencia, todos nuestros días.

 

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,

porque irás delante del Señor

a preparar sus caminos,

anunciando a su pueblo la salvación,

el perdón de sus pecados.

 

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,

nos visitará el sol que nace de lo alto,

para iluminar a los que viven en tinieblas

y en sombras de muerte,

para guiar nuestros pasos por el camino de la paz.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

 por los siglos de los siglos. Amén.

 

Antífona: Si vosotros, siendo malos como sois, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡con cuánta mayor razón las dará vuestro Padre celestial al que se las pida!

 

Preces

 

Glorifiquemos a Cristo, nuestro Señor, que resplandece como luz del mundo para que siguiéndolo no caminemos en tinieblas, sino que tengamos la luz de la vida, y digámosle: Que tu palabra, Señor, sea luz para nuestros pasos.

 

Cristo, amigo de los hombres, haz que sepamos progresar hoy en tu imitación, * para que lo que perdimos por culpa del primer Adán lo recuperemos en el segundo.

 

Que tu palabra sea siempre luz en nuestro sendero, * para que, realizando siempre la verdad en el amor, hagamos crecer todas las cosas en ti.

 

Enséñanos, Señor, a trabajar por el bien de todos los hombres, * para que así, por nuestra acción, la Iglesia ilumine a toda la sociedad humana.

 

Que por nuestra sincera conversión crezcamos en tu amistad * y expiemos las faltas cometidas contra tu bondad y tu sabiduría.

 

(Se pueden añadir algunas intenciones libres)

 

Porque sabemos que somos hijos de Dios, llenos de confianza nos atrevemos a decir: Padre nuestro.

 

Oración

 

Señor, haz que nos inclinemos siempre a pensar con rectitud y a practicar el bien con diligencia y, puesto que no podemos existir sin ti, concédenos vivir siempre según tu voluntad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

 

Conclusión

 

V El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R Amén.

 

Oración de la Tarde Vísperas

 

Invocación inicial

 

V Dios mío, ven en mi auxilio.

R Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, etc.

 

Himno

 

Heme, señor, a tus divinas  plantas,

Baja la frente y de rubor cubierta,

Porque mis culpas son tales y tantas,

Que tengo miedo a tus miradas santas

Y el pecado mío  a respirar no acierta.

 

Más ¡ay!, que renunciar la lumbre hermosa

De esos divinos regalados ojos

es condenarme a noche tenebrosas,

y esa noche es horrible, es espantosa

para el que  gime antes tus pies del hinojos.

 

Dame licencia ya, padre adorado,

para mirarte y moderar mi miedo;

mas no te muestres de esplendor cerrado,

porque solo en la cruz mirarte puedo. Amén.

 

Antífona 1 - Señor, Dios mío, a ti grité, y tú me sanaste; te daré gracias por siempre.

 

Salmo 29

 

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado

y no has dejado que mis enemigos se rían de mí.

 

Señor, Dios mío, a ti grité,

y tú me sanaste.

Señor, sacaste mi vida del abismo,

me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa.

 

Tañed para el Señor, fieles suyos,

dad gracias a su nombre santo;

su cólera dura un instante;

su bondad, de por vida;

al atardecer nos visita el llanto,

por la mañana, el júbilo.

 

Yo pensaba muy seguro:

«No vacilaré jamás».

Tu bondad, Señor, me aseguraba

el honor y la fuerza;

pero escondiste tu rostro,

y quedé desconcertado.

 

A ti, Señor, llamé,

supliqué a mi Dios:

«¿Qué ganas con mi muerte,

con que yo baje a la fosa?

 

¿Te va a dar gracias el polvo,

o va a proclamar tu lealtad?

Escucha, Señor, y ten piedad de mí;

Señor, socórreme».

 

Cambiaste mi luto en danzas,

me desataste el sayal y me has vestido de fiesta;

te cantará mi alma sin callarse.

Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre.

 

Antífona 1 - Señor, Dios mío, a ti grité, y tú me sanaste; te daré gracias por siempre.

 

Antífona 2 - Dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito.

 

Salmo 31

 

Dichoso el que está absuelto de su culpa,

a quien le han sepultado su pecado;

dichoso el hombre a quien el Señor

no le apunta el delito.

 

Mientras callé se consumían mis huesos,

rugiendo todo el día,

porque día y noche tu mano

pesaba sobre mí;

mi savia se me había vuelto

un fruto seco.

 

Había pecado, lo reconocí,

no te encubrí mi delito;

propuse: «Confesaré al Señor mi culpa»,

y tú perdonaste mi culpa y mi pecado.

 

Por eso, que todo fiel te suplique

en el momento de la desgracia:

la crecida de las aguas caudalosas

no lo alcanzará.

 

Tú eres mi refugio, me libras del peligro,

me rodeas de cantos de liberación.

 

Te instruiré y te enseñaré el camino que has de seguir,

fijaré en ti mis ojos.

 

No seáis irracionales como caballos y mulos,

cuyo brío hay que domar con freno y brida;

si no, no puedes acercarte.

 

Los malvados sufren muchas penas;

al que confía en el Señor,

la misericordia lo rodea.

 

Alegraos, justos, y gozad con el Señor,

aclamadlo los de corazón sincero.

 

Antífona 2 - Dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito.

 

Antífona 3 - El Señor le dio el poder, el honor y el reino, y todos los pueblos le servirán.

 

Cántico  Ap 11, 17-18; 12, 10b-12ª

 

Gracias te damos, Señor Dios omnipotente,

el que eres y el que eras,

porque has asumido el gran poder

y comenzaste a reinar.

 

Se encolerizaron las naciones,

llegó tu cólera,

y el tiempo de que sean juzgados los muertos,

y de dar el galardón a tus siervos los profetas,

y a los santos y a los que temen tu nombre,

y a los pequeños y a los grandes,

y de arruinar a los que arruinaron la tierra.

 

Ahora se estableció la salud y el poderío,

y el reinado de nuestro Dios,

y la potestad de su Cristo;

porque fue precipitado

el acusador de nuestros hermanos,

el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche.

 

Ellos le vencieron en virtud de la sangre del Cordero

y por la palabra del testimonio que dieron,

y no amaron tanto su vida que temieran la muerte.

Por esto, estad alegres, cielos,

y los que moráis en sus tiendas.

 

Antífona 3 - El Señor le dio el poder, el honor y el reino, y todos los pueblos le servirán.

 

Lectura breve  Stgo 4, 7-8. 10

 

Vivid sometidos a Dios. Resistid al diablo y huirá de vosotros. Acercaos a Dios y él se acercará a vosotros. Pecadores, lavaos las manos; purificad vuestros corazones, gente que obráis con doblez. Humillaos en la presencia del Señor y él os ensalzará.

 

Responsorio breve

V Yo dije: «Señor, ten misericordia.»

R Yo dije: «Señor, ten misericordia.»

V Sáname, porque he pecado contra ti.

R Señor, ten misericordia.

V Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R Yo dije: «Señor, ten misericordia».

 

Cántico de la Sma. Vg.

 

Antífona: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá.

 

Proclama mi alma la grandeza del Señor,

se alegra mi espíritu en Dios mi salvador;

porque ha mirado la humillación de su esclava.

 

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,

porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:

su nombre es santo y su misericordia llega a sus fieles

de generación en generación.

 

Él hace proezas con su brazo:

dispersa a los soberbios de corazón,

derriba del trono a los poderosos

y enaltece a los humildes,

a los hambrientos los colma de bienes

y a los ricos los despide vacíos.

 

Auxilia a Israel, su siervo,

acordándose de su misericordia

—como lo había prometido a nuestros padres—

en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Antífona: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá.

 

Preces

 

Oremos a Cristo, el Señor, que nos dio el mandamiento nuevo de amarnos unos a otros, y digámosle: Acrecienta, Señor, la caridad de tu Iglesia.

 

Maestro bueno, enséñanos a amarte en nuestros hermanos * y a servirte en cada uno de ellos.

 

Tú que en la cruz pediste al Padre el perdón para tus verdugos, * concédenos amar a nuestros enemigos y orar por los que nos persiguen.

 

Señor, que la participación en el misterio de tu cuerpo y de tu sangre acreciente en nosotros el amor, la fortaleza y la confianza, * y dé vigor a los débiles, consuelo a los tristes y esperanza a los agonizantes.

 

Señor, luz del mundo, que, por el agua, concediste al ciego de naci-miento el poder ver la luz, * ilumina a nuestros catecúmenos por el sacramento del agua y de la palabra.

 

(Se pueden añadir algunas intenciones libres)

 

Concede la plenitud de tu amor a los difuntos * y haz que un día nos contemos entre tus elegidos.

 

Con el gozo de sabernos hijos de Dios, acudamos a nuestro Padre, diciendo: Padre nuestro.

 

Oración

 

Señor, haz que nos inclinemos siempre a pensar con rectitud y a practicar el bien con diligencia y, puesto que no podemos existir sin ti, concédenos vivir siempre según tu voluntad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

 

Conclusión

 

V El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.

R Amén.

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