![]() |
|
|


![]() |
|
Oración de Invocación inicial V Señor, abre mis labios. R Y mi boca proclamará tu alabanza. Himno Dieron muerte al Heredero, su oblación es haz de luz, reina Dios desde el madero, fulge el signo de la cruz. En los cielos contemplamos nuestra prenda tan locuaz como símbolo divino de salud, de amor, de paz. ¡Resplandece, brilla, avanza, oh estandarte del gran Rey! ¡Oh cruz, única esperanza y resumen de su ley! Que presidas nuestra suerte —cada cual con nuestra cruz— y en la hora de la muerte nos conduzcas a Jesús. Gloria al Padre con el Hijo y el Espíritu con amor, las tres Personas reciban por la cruz igual honor. Amén. Antífona 1 - Exclamó Jesús: «Siento en mi alma angustias de muerte; aguardad aquí y velad conmigo». Salmo 41 Como busca la cierva/ corrientes de agua, así mi alma te busca/ a ti, Dios mío; tiene sed de Dios, del Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios? Las lágrimas son mi pan noche y día, mientras todo el día me repiten: «¿Dónde está tu Dios?». Recuerdo otros tiempos, y mi alma desfallece de tristeza: cómo marchaba a la cabeza del grupo, hacia la casa de Dios, entre cantos de júbilo y alabanza, en el bullicio de la fiesta. ¿Por qué te acongojas, alma mía, por qué te me turbas? Espera en Dios, que volverás a alabarlo: «Salud de mi rostro, Dios mío». Cuando mi alma se acongoja, te recuerdo, desde el Jordán y Hermón y el Monte Menor. Una sima grita a otra sima con voz de cascadas: tus torrentes y tus olas me han arrollado. De día el Señor me hará misericordia, de noche cantaré la alabanza del Dios de mi vida. Diré a Dios: Roca mía, ¿por qué me olvidas? ¿Por qué voy andando, sombrío, hostigado por mi enemigo? Se me rompen los huesos por las burlas del adversario; todo el día me preguntan: «¿Dónde está tu Dios?» ¿Por qué te acongojas, alma mía, por qué te me turbas? Espera en Dios, que volverás a alabarlo: «Salud de mi rostro, Dios mío». Antífona 1 - Exclamó Jesús: «Siento en mi alma angustias de muerte; aguardad aquí y velad conmigo». Antífona 2 - Ahora viene el juicio de este mundo; ahora el señor de este mundo va a ser arrojado fuera. Cántico Sir 36, 1-7. 13-16 Sálvanos, Dios del universo, infunde tu terror a todas las naciones; amenaza con tu mano al pueblo extranjero, para que sienta tu poder. Como les mostraste tu santidad al castigarnos, muéstranos así tu gloria castigándolos a ellos: para que sepan, como nosotros lo sabemos, que no hay Dios fuera de ti. Renueva los prodigios, repite los portentos, exalta tu mano, robustece tu brazo. Reúne a todas las tribus de Jacob y dales su heredad como antiguamente. Ten compasión del pueblo que lleva tu nombre, de Israel, a quien nombraste tu primogénito. Ten compasión de tu ciudad santa, de Jerusalén, lugar de tu reposo. Llena a Sión de tu majestad, y al templo de tu gloria. Antífona 2 - Ahora viene el juicio de este mundo; ahora el señor de este mundo va a ser arrojado fuera. Antífona 3 - Jesús, caudillo y con-sumador de la fe, sufrió con toda constancia la cruz, pasando por encima de su ignominia; y está sentado a la diestra del trono de Dios. Salmo 18 A El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos: el día al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo murmura. Sin que hablen, sin que pronuncien, sin que resuene su voz, a toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje. Allí le ha puesto su tienda al sol: él sale como el esposo de su alcoba, contento como un héroe, a recorrer su camino. Asoma por un extremo del cielo, y su órbita llega al otro extremo: nada se libra de su calor. Antífona 3 - Jesús, caudillo y con-sumador de la fe, sufrió con toda constancia la cruz, pasando por encima de su ignominia; y está sentado a la diestra del trono de Dios. Lectura breve Jer 11, 19-20 Yo como cordero manso, llevado al matadero, no sabía los planes homicidas que contra mí planeaban: «Talemos el árbol en su lozanía, arranquémoslo de la tierra de los vivos, que su nombre no se pronuncie más». Pero tú, Señor de los ejércitos, juzgas rectamente, escudriñas las entrañas y el corazón; veré tu venganza contra ellos, porque a ti he encomendado mi causa. Responsorio breve V Nos has comprado, Señor, por tu sangre. R Nos has comprado, Señor, por tu sangre. V De entre toda raza, lengua, pueblo y nación. R Nos has comprado, Señor, por tu sangre. V Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. R Nos has comprado, Señor, por tu sangre. Cántico de Zacarías Antífona: Padre justo, si es verdad que el mundo no te ha conocido, yo sí te he conocido y sé que tú me has enviado. Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo, suscitándonos una fuerza de salvación en la casa de David, su siervo, según lo había predicho desde antiguo por boca de sus santos profetas. Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos y de la mano de todos los que nos odian; ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres, recordando su santa alianza y el juramento que juró a nuestro padre Abraham. Para concedernos que, libres de temor, arrancados de la mano de los enemigos, le sirvamos con santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días. Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados. Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Antífona: Padre justo, si es verdad que el mundo no te ha conocido, yo sí te he conocido y sé que tú me has enviado. Preces Acudamos a Cristo, nuestro Salvador, que nos redimió con su muerte y resurrección, y digámosle: Señor, ten piedad de nosotros. Tú que subiste a Jerusalén para sufrir la pasión y entrar así en la gloria, * conduce a tu Iglesia a Tú que, elevado en la cruz, quisiste ser atravesado por la lanza del soldado, * sana nuestras heridas. Tú que convertiste el madero de la cruz en árbol de vida, * haz que los renacidos en el bautismo gocen de la abundancia de los frutos de este árbol. Tú que, clavado en la cruz, perdonaste al ladrón arrepentido, * perdónanos también a nosotros, pecadores. (Se pueden añadir algunas intenciones libres) Como Cristo nos enseñó, pidamos al Padre que perdone nuestros pecados, diciendo: Padre nuestro. Oración Dios todopoderoso, mira la fragilidad de nuestra naturaleza y, con la fuerza de la pasión de tu Hijo, levanta nuestra esperanza. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo. Conclusión V El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna. R Amén. |
![]() |
|
Oración de Invocación inicial V Dios mío, ven en mi auxilio. R Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, etc. Himno Muere Jesús del Gólgota en la cumbre con amor perdonando al que le hería: siente deshecho el corazón María del dolor en la inmensa pesadumbre. Se aleja con pavor la muchedumbre cumplida ya la santa profecía; tiembla la tierra; el luminar del día, cegado a tanto horror, pierde su lumbre. Se abren las tumbas, se desgarra el velo y, a impulsos del amor, grande y fecundo, parece estar la cruz, signo de duelo, cerrando, augusta, con el pie el pro-fundo, con la excelsa cabeza abriendo el cielo y con los brazos abarcando el mundo. Amén. Antífona 1 - Lo vimos sin aspecto atrayente, sin gracia ni belleza. Salmo 44 I Me brota del corazón un poema bello, recito mis versos a un rey; mi lengua es ágil pluma de escribano. Eres el más bello de los hombres, en tus labios se derrama la gracia, el Señor te bendice eternamente. Cíñete al flanco la espada, valiente: es tu gala y tu orgullo; cabalga victorioso por la verdad y la justicia, tu diestra te enseñe a realizar proezas. Tus flechas son agudas, los pueblos se te rinden, se acobardan los enemigos del rey. Tu trono, ¡oh Dios!, permanece para siempre; cetro de rectitud es tu cetro real; has amado la justicia y odiado la impiedad: por eso el Señor, tu Dios, te ha ungido/ con aceite de júbilo entre todos tus compañeros. A mirra, áloe y acacia huelen tus vestidos, desde los palacios de mar-files te deleitan las arpas. Hijas de reyes salen a tu encuentro, de pie a tu derecha está la reina/ enjoyada con oro de Ofir. Antífona 1 - Lo vimos sin aspecto atrayente, sin gracia ni belleza. Antífona 2 - Le daré una multitud como parte, porque se entregó a sí mismo a la muerte. II Escucha, hija, mira: inclina el oído, olvida tu pueblo y la casa paterna: prendado está el rey de tu belleza, póstrate ante él, que él es tu señor. La ciudad de Tiro viene con regalos, los pueblos más ricos buscan tu favor. Ya entra la princesa, bellísima, vestida de perlas y brocado; la llevan ante el rey, con séquito de vírgenes, la siguen sus compañeras: las traen entre alegría y algazara, van entrando en el palacio real. «A cambio de tus padres tendrás hijos, que nombrarás príncipes por toda la tierra». Quiero hacer memorable tu nombre por generaciones y generaciones, y los pueblos te alabarán por los siglos de los siglos. Antífona 2 - Le daré una multitud como parte, porque se entregó a sí mismo a la muerte. Antífona 3 - Dios nos ha concedido la gloria de su gracia en su querido Hijo, por el cual, por su sangre, hemos recibido la redención. Cántico Ef 1, 3-10 Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos consagrados e irreprochables ante él por el amor. Él nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya. Por este Hijo, por su sangre, hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia ha sido un derroche para con nosotros, dándonos a conocer el misterio de su voluntad. Éste es el plan que había proyectado realizar por Cristo cuando llegase el momento culminante: hacer que todas las cosas tuviesen a Cristo por cabeza, las del cielo y las de la tierra. Antífona 3 - Dios nos ha concedido la gloria de su gracia en su querido Hijo, por el cual, por su sangre, hemos recibido la redención. Lectura breve Rom 5, 8-9 Dios nos demuestra el amor que nos tiene en el hecho de que, siendo todavía pecadores, murió Cristo por nosotros. Así que con mayor razón, ahora que hemos sido justificados por su sangre, seremos salvados por él de la cólera divina. Responsorio breve V Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. R Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. V Porque con tu santa cruz redimiste al mundo. R Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. V Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. R Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. Cántico de Antífona: Así como Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, así deberá ser levantado en alto el Hijo del hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna. Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia —como lo había prometido a nuestros padres— en favor de Abraham y su descendencia por siempre. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Antífona: Así como Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, así deberá ser levantado en alto el Hijo del hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna. Preces Adoremos a Jesús, el Salvador del género humano, que muriendo destruyó nuestra muerte y resucitando restauró la vida, y pidámosle humildemente: Santifica, Señor, al pueblo que redimiste con tu sangre. Redentor nuestro, concédenos que por la penitencia nos unamos más plenamente a tu pasión, * para que consigamos la gloria de la resurrección. Concédenos la protección de tu Madre, consuelo de los afligidos, *para poder nosotros consolar a los que están atribulados, mediante el consuelo con que tú nos consuelas. Haz que tus fieles participen en tu pasión mediante los sufrimientos de su vida, * para que se manifiesten a los hombres los frutos de la salvación. Tú que te humillaste, haciéndote obediente hasta la muerte y una muerte de cruz, * concede a tus fieles obediencia y paciencia. (Se pueden añadir algunas intenciones libres) Haz que los difuntos sean transformados a semejanza de tu cuerpo glorioso, * y a nosotros concédenos también que un día participemos de su felicidad. Movidos por el espíritu filial que Cristo nos mereció con su muerte, digamos al Padre: Padre nuestro. Oración Dios todopoderoso, mira la fragilidad de nuestra naturaleza y, con la fuerza de la pasión de tu Hijo, levanta nuestra esperanza. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo. Conclusión V El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna. R Amén. |













